¿Es Tom Cruise uno de los mejores actores de su generación y de la historia?

Carlos Moya, crítico principiante de cine, se posiciona a favor. Israel García, experto en cine niega la mayor.

Para el poli bueno no hay ninguna duda: Tom Cruise está a la altura de Paul Newman, Robert Redford, y un sinfín de estrellas

Hay debates que envejecen mal. Y luego está el de Tom Cruise, que cada cierto tiempo resucita como si fuera una secuela más de Misión Imposible. La pregunta parece sencilla: ¿es uno de los mejores actores de su generación… y quizá de la historia? Para muchos jóvenes que empezaron a ir al cine en los 2000, Cruise es “el señor que corre mucho” y que se cuelga de aviones sin doble. Pero reducir su carrera a eso es como decir que el cine mudo era gente exagerando en blanco y negro. Hay mucho más.

Quien solo haya conocido al Cruise de las superproducciones recientes quizá no sepa que irrumpió en Hollywood como una fuerza de la naturaleza en los años 80. No era solo carisma: era hambre, intensidad y una cámara que parecía quererle incluso cuando interpretaba a personajes moralmente ambiguos. En Top Gun no solo creó un icono generacional; convirtió a Maverick en una mezcla de arrogancia y vulnerabilidad que marcó a toda una década. Y eso no lo consigue cualquiera con gafas de aviador.

Ese mismo año, bajo la dirección de Martin Scorsese, se enfrentó nada menos que a Paul Newman en El color del dinero. No era un papel fácil: debía estar a la altura de una leyenda. Y lo estuvo. Su arrogante jugador de billar no era solo un joven chulo; era pura energía desbordada, el retrato de un talento que aún no sabe gestionarse.

En Cocktail demostró que podía sostener un drama romántico comercial sin perder magnetismo. Puede que la película no figure en todas las listas de obras maestras, pero Cruise entendía algo esencial: cómo conectar con el público. Y eso también es cine.

El salto cualitativo llegó con Rain Man, junto a Dustin Hoffman. Muchos recuerdan la interpretación de Hoffman —y con razón—, pero el trabajo de Cruise como hermano egoísta que evoluciona emocionalmente es clave para que la historia funcione. Supo contenerse, ceder espacio y construir un arco dramático creíble. Eso no lo hace una estrella; lo hace un actor.

Y entonces llegó Nacido el 4 de julio, dirigida por Oliver Stone. Aquí ya no había duda: Cruise podía cargar con un drama político y físico de enorme exigencia. Su interpretación de Ron Kovic le valió su primera nominación al Oscar y confirmó que no era solo un rostro bonito del Hollywood ochentero. Había compromiso, riesgo y una entrega absoluta.

En Algunos hombres buenos compartió pantalla con Jack Nicholson y sostuvo el pulso en una de las escenas judiciales más recordadas del cine contemporáneo. No se trata solo del famoso “¡Usted no puede encajar la verdad!”, sino de cómo Cruise construye a un abogado que madura frente a nuestros ojos.

Su romanticismo encontró una cima en Jerry Maguire, donde combinó comedia, drama y vulnerabilidad con naturalidad. “Enséñame la pasta” es cultura popular, sí, pero detrás hay un personaje en crisis que busca redención. Y Cruise lo hace creíble sin caer en el exceso. Para el recuerdo la frase que le lanza a Renée Zellweger «tu me completas», frase usada por un servidor con muy poca vergüenza.

En Entrevista con el vampiro sorprendió a quienes dudaban de su idoneidad como Lestat. Junto a Brad Pitt, compuso un vampiro seductor, cruel y magnético. Fue una prueba más de que sabía jugar con su propia imagen pública. Nuestro Antonio Banderas puso la guinda a la película.

Con Eyes Wide Shut, bajo la dirección de Stanley Kubrick, se adentró en un terreno incómodo, introspectivo y ambiguo. No era acción ni espectáculo; era vulnerabilidad y desconcierto. Y funcionó.

En Magnolia, dirigido por Paul Thomas Anderson, ofreció quizá una de sus interpretaciones más arriesgadas como gurú misógino en crisis emocional. Esa mezcla de arrogancia y dolor le dio otra nominación al Oscar y demostró que podía romper su propio molde.

Más adelante, en Collateral, se atrevió con un villano frío y calculador bajo la dirección de Michael Mann. Canoso, implacable y silencioso, Cruise rompía con su imagen habitual y lo hacía con eficacia inquietante.

Y sí, también está El último samurái, donde mezcló épica, drama y transformación personal en un relato que exigía presencia física y emocional.

Ahora bien, incluso si alguien decide ignorar toda esta filmografía y quedarse solo con su faceta de acción, el argumento sigue siendo contundente: en un momento en que las estrellas han sido sustituidas por franquicias, Cruise es de los pocos actores que siguen llenando salas por su nombre. No es solo Ethan Hunt; es el compromiso de hacer del cine un espectáculo que merece verse en pantalla grande. En una industria dominada por algoritmos, él sigue apostando por la experiencia colectiva.

Por eso, sí: sostengo que Tom Cruise es uno de los mejores actores de su generación. No porque todas sus películas sean obras maestras, sino porque ha demostrado versatilidad, riesgo, permanencia y una conexión con el público que atraviesa décadas. Ha sido estrella, actor de prestigio, villano, héroe romántico y figura de acción. Y ha sobrevivido —artísticamente— a todos los cambios de Hollywood.

Que cada cual decida si eso es historia del cine o simplemente una carrera muy bien gestionada. Yo lo tengo claro.

Vale. El poli malo está dispuesto a entrar al barro… pero con cariño cinéfilo

Dices que el debate sobre Tom Cruise envejece como una secuela de Misión Imposible. Yo creo que el problema aquí es otro: que el debate se reinicia cada vez que se cuelga de algo más alto. Y claro, eso impresiona y siempre vende. Pero colgarse de un avión no te convierte automáticamente en heredero de Paul Newman ni de Robert Redford. Si así fuera, el mejor actor de su generación sería el doble de riesgo mejor asegurado de Hollywood.

Nadie niega que Cruise fuera un fenómeno en los 80. En Top Gun creó un icono. Correcto. Pero crear un icono pop no es lo mismo que crear un personaje complejo. Maverick funciona porque es carisma con gafas de aviador y sonrisa torcida. Es actitud. Es videoclip largo. Es testosterona con banda sonora. No es exactamente Daniel Day-Lewis en proceso de deconstrucción emocional.

En El color del dinero cumplió frente a Newman, sí… pero solo eso: cumplió. No salió de ahí como “el actor que eclipsó a la leyenda”, sino como “el joven intenso que aguanta el tipo”. Que no es poco, pero tampoco es Olimpo interpretativo.

Lo de Rain Man es interesante. Gran película. Pero si hoy alguien recuerda esa cinta, ¿qué interpretación se cita? Exacto. La de Dustin Hoffman. Cruise ahí está bien, evoluciona, tiene arco… pero es el soporte emocional del verdadero tour de force. Es como el buen bajista de una banda cuyo cantante se lleva todos los focos.

En Nacido el 4 de julio dio un salto serio con Oliver Stone. Nominación al Oscar, intensidad, compromiso físico… totalmente de acuerdo. Pero aquí viene el detalle incómodo: ese Cruise arriesgado, dramático y político duró relativamente poco. No fue el camino que eligió consolidar.

Porque si hablamos de premios —ya que estamos comparándolo con mitos— la realidad es fría: 0 Oscars competitivos. Tres nominaciones. Punto. El Oscar honorífico que recibió en 2023 fue más un reconocimiento a su defensa del espectáculo en salas que a una transformación interpretativa que haya cambiado el canon. Y si el baremo es “taquilla + permanencia”, entonces Dwayne Johnson también entra en la conversación… y nadie está escribiendo tesis sobre la profundidad psicológica de Fast & Furious 27.

Hablemos del encasillamiento. Desde hace más de dos décadas, Cruise vive en modo Ethan Hunt. La saga Misión: Imposible se ha convertido en su identidad. Admirable en lo físico, sí. Pero interpretativamente hablamos de variaciones del mismo héroe competente, intenso, que corre mucho y suda profesionalidad. ¿Dónde está el riesgo reciente tipo Magnolia? Porque ese gurú roto de Paul Thomas Anderson sí fue un golpe sobre la mesa. Pero fue en 1999. Hace casi tres décadas. Desde entonces, más cable que catarsis.

Y ya que mencionamos valentía, también hay que mencionar tropiezos. La Momia fue un intento fallido de levantar un universo cinematográfico que se desinfló antes de despegar. Un desastre crítico y comercial para los estándares de alguien “infalible”. Legend casi descarrila su arranque ochentero. Y Vanilla Sky dividió tanto que aún hoy hay quien no sabe si fue incomprendida o simplemente excesiva.

¿Es versátil? Lo fue. ¿Es carismático? Sin discusión. ¿Es una estrella gigantesca? Absolutamente. Pero ahí está la clave: estrella. No necesariamente uno de los actores más profundos de su generación.

Si miramos a contemporáneos que sí alternaron prestigio sostenido con riesgo constante —piensa en intérpretes que desaparecen dentro de cada papel— Cruise rara vez se diluye. Siempre es, en mayor o menor medida, Tom Cruise interpretando una variación de Tom Cruise.

Y ojo, eso no es un insulto. Es una estrategia brillante. Ha sobrevivido a cambios industriales, a escándalos mediáticos y a la muerte del star system tradicional. Ha entendido el negocio mejor que casi nadie. Pero entender el negocio no equivale automáticamente a ser el mejor intérprete de tu generación.

Así que sí: respeto máximo a su carrera. Admiración por su ética de trabajo. Aplauso por mantener viva la experiencia en salas. Pero si estamos hablando estrictamente de grandeza interpretativa, yo no lo coloco automáticamente en la mesa de Newman, Redford o los titanes dramáticos que redefinieron lo que podía hacer un actor en pantalla.

Es una superestrella.
Es un fenómeno cultural.
Es el último gran cruzado del blockbuster.

Pero uno de los mejores actores de su generación… ahí, amigo mío, yo todavía necesito algo más que correr 100 metros en cada plano.

Deja un comentario